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jueves, 09 septiembre 2010 @ 01:00 CEST
   

El sol se llama Lorenzo

El cole en casaSiempre nos recuerdan que no hemos de mentir a los niños, sin embargo es muy difícil evitarlo. Una de las formas más frecuentes en las que les mentimos es cuando intentamos explicarles cosas para educarlos.

El problema procede de dos puntos distintos: uno de ellos es que a menudo nosotros mismos ignoramos las respuestas, el otro es que habitualmente usamos una forma de hablar inadecuada.

En esta serie de artículos intentaremos ayudaros a mejorar la educación de vuestros hijos explicando algunos errores comunes en la enseñanza, y cómo explicar mejor los conceptos, empezando por el problema de cómo expresarnos.


El animismo
No es otra cosa que la creencia en culturas con un conocimiento superficial de la Naturaleza de que todo el Universo está dotado de vida inteligente y toma decisiones intencionadas.

Un ejemplo sencillo es atribuir a los astros y planetas características vitales y humanas, divinizándolos; pero sin ir tan lejos, nuestras propias culturas han desarrollado complejos sistemas animistas o vitalistas tan recientemente como los siglos XVII y XVIII que siguen vivas hoy en día.

El problema
El problema del animismo y el vitalismo es que enseñan que los fenómenos ocurren porque las cosas actúan de forma intencional, cuando en realidad carecen de toda intencionalidad. La influencia de estas teorías se sigue manteniendo hoy en día en nuestra forma de hablar dando lugar a que nos expresemos de forma inadecuada y enseñemos y aprendamos a pensar en los objetos inanimados como si tuvieran vida y actuaran intencionadamente.

El por qué
La raíz está en que es muy fácil describir lo que observamos de forma objetiva, pero no lo es tanto describir el porqué de lo que observamos. A menudo es ése el principal problema ya que ni siquiera estamos seguros del por qué. Es en esas circusntancias cuando nuestra propia educación infantil entra en juego y recurrimos a recursos como el dotar a los fenómenos de intencionalidad como hacemos en las fábulas y cuentos infantiles.

La falacia patética
El término procede del griego pathos (apelar a las emociones) y se refiere a atribuir emociones a los fenómenos como una forma de explicarlos.

Todos estamos familiarizados con el uso de metáforas y fábulas como recursos retóricos para describir de una forma artística y entretenida conceptos complejos a niños y adultos. Entonces ¿por qué es malo usarlos en ciencias?

Cuando miramos un cuadro o leemos un poema entendemos claramente que el artista usa un símil para embellecer la realidad. No nos importa mucho si fueron 100, 1000 ó 10000 los barcos que acudieron a la guerra de Troya, en tanto eso nos sirve para enaltecer la belleza de Helena.

Cuando oímos una fábula todos entendemos que es una alegoría y no nos confundimos creyendo que los animales se comporten como seres humanos (ninguno hemos visto jamás a la ratita presumida barrer la puerta de su casa).

Pero cuando hablamos de ciencia, la metáfora y las alegorías solo sirven para oscurecer la realidad y ocultar la explicación real de los fenómenos que observamos. El resultado es una confusión que nos induce a menudo a mezclar conceptos y a malinterpretar la realidad.

Cuando hablamos de ciencia por supuesto que podemos permitirnos el lujo de ser poéticos... siempre y cuando esa poesía no nos sirva para ocultar errores de bulto o para introducir malas interpretaciones: todos "sabemos·" que "el sol se llama Lorenzo y la luna Catalina, cuando Lorenzo se acuesta, se levanta Catalina..." salvo porque nuestra experiencia diaria nos muestra a menudo a ambos en el cielo durante el día. A veces es así de fácil contrastarlo, otras no tanto, y acabamos creyendo en supersticiones.

Por eso hemos de ser cuidadosos cuando explicamos ciencia a los niños: ellos no son tan capaces de discernir y no es raro que después de escucharnos contesten en clase con elementales derivaciones de las fábulas que les contamos. Y lo que es peor, que crezcan creyéndolas hasta que ya es demasiado tarde para corregir los malos hábitos.

¿Qué hacer?
Escucharnos a nosotros mismos.

A menudo, si nos escuchamos nos descubriremos dando explicaciones animistas o vitalistas a fenómenos inanimados. Con un poco de práctica podemos incluso analizar lo que vamos a decir antes de hacerlo y darnos cuenta a tiempo.

Conviene intentar evitar estos medios cuando expliquemos la Naturaleza a nuestros hijos y, si los usamos, intentar dejar bien claro que es solo una comparación, como un cuento o una fábula, y que no deben usarlo para responder en un examen.

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© José R. Valverde
CC Reconocimiento-No comercial

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